Los chinos y los romanos discutían sobre quién era el mejor artista.
El rey dijo: "Solucionaremos este tema con un debate
Los chinos comenzaron a hablar,
pero los griegos no dijeron nada,
se fueron.
Los chinos sugirieron entonces que se les concediera a cada uno una habitación para trabajar su arte. Dos habitaciones frente a frente y divididas por una cortina.
Los chinos pidieron al rey cien colores, con todas las variaciones.
Y cada mañana venían donde se guardaban todos los tintes y se los llevaban todos.
Los griegos no cogieron ningún color. "No son parte de nuestro trabajo".
Ellos iban a su habitación y comenzaban a limpiar y a pulir las paredes. Todos los días, cada día, hacían esas paredes tan puras y claras como el cielo abierto.
Hay una manera que lleva desde "todos-los-colores a ningún-color".
Conociendo la magnificencia de la variedad de las nubes y del tiempo (atmosférico). La total simplicidad del Sol y de la Luna.
Los chinos acabaron. Y estaban tan contentos que
tocaron los tambores de felicidad.
El rey entró en su habitación y quedó atónito por el colorido y el detalle.
Los griegos entonces abrieron las cortinas que dividían ambas habitaciones.
Las figuras chinas e imágenes brillaron reflejadas en las paredes griegas.
Vivían en ellas. Eran incluso más bellas y
siempre cambiando con la luz
El arte griego es el sufismo.
No estudian libros de pensamiento filosófico.
Lo hacen todo claro y más claro.
Sin defectos ni provocaciones.
En esa pureza, que recibe y refleja las imágenes en cada momento.
Desde aquí, desde las estrellas, desde el vacío.
Ellos las toman como si pudieran verlas. Con la brillante claridad que los ve.